Lunes 14 de Junio de 2004

Los veinte y la chancha

Empiezo acá una serie que podría llamar "nexo grupal", y que consistirá en la crítica conjunta de películas que tienen algo en común.

La primer entrega es este grupo de críticas de cuatro películas que ví en los últimos meses: The 24th day, 28 days later, 21 grams y The 25th hour.

The 24th day

USA, 2004, 92 minutos. Dirigida por Tony Piccirillo, con James Mardsen y Scott Speedman. Puntaje: 2 de 10.

Un rubiecito simpático se levanta a un morochito simpático en un bar. Los dos muchachitos se van al departamento del rubio, a tomar unos tragos más y a ver qué pasa. El rubio parece timidón, torpe, seductor pero pronto demuestra ser siniestro, loquito y peligroso: hace 24 días que le diagnosticaron que es HIV positivo, y su única relación sexual con un hombre fue hace 5 años, con este morochito simpático que no se acuerda mucho, porque es promiscuo, porque aquella noche también estaba borracho y porque fue hace 5 años. El rubiecito secuestra al morochito, le saca sangre a la fuerza y le anuncia que si en un par de días el resultado del test de HIV es positivo lo va a asesinar.

Los dos pibes laburan bien pero el guión es pobre y la película no alcanza la altura de clásicos del género como El coleccionista, Trampa Mortal (dirigida por Sidney Lumet, con Christopher Reeve y Michael Caine) o El detectiva (dirigida por Joseph L. Mankiewicz con Michael Caine y Laurence Olivier). Encima, la bajada de línea es feroz: pareciera que ahora que el SIDA es casi una enfermedad crónica, hacía falta recordarle al público que ser promiscuo tiene un precio y el precio es alto. Sí, el mismo mensaje de Atracción fatal (aquel bodrio de Adrian Lynne se salvaba por el tour de force de Glenn Close, prendiendo y apagando la lámpara en el rincón de aquella habitación, guisando conejitos, etc).

28 days later

UK, 2002, 113 minutos. Dirigida por Danny Boyle, con Cillian Murphy y Naomie Harris. Puntaje: 7 de 10.

El director de Trainspotting resuscita el género de películas de zombies. Tengo que confesar que la premisa no me convencía, pero me llevé una agradable sorpresa. Los primeros 20 minutos de película (el personaje principal despierta de un coma para encontrar la ciudad vacía) son excelentes. Después la cosa se pone aeróbica y hay que correr, Lola, correr porque te persiguen los zombies caníbales y si te agarran alpiste, fuiste. Por suerte, Boyle baja un cambio y la película pega otro volantazo cuando los personajes encuentran refugio en un cuartel, repleto de soldados aburridos y calenturientos (que resultan ser tan peligrosos como los zombies caníbales).

21 grams

USA, 2003, 125 minutos. Dirigida por Alejandro Iñarritu, con Naomi Watts, Sean Penn y Benicio del Toro. Puntaje: 2 de 10.

Dirige el tipo que dirigió Amores Perros y actúan Penn, del Toro y Watts. O sea: tiene que ser buena. Pero no, es malísima. O mejor dicho: todos actúan bien, los diálogos son creíbles, y los rubros técnicos son impecables, pero el cine no funciona como la aritmética: acá la suma da negativa. ¿Por qué? Porque le director decidió romper la estructura temporal en pedazos y mezclar pasado, presente y futuro con un frenesí maniático. Sin la tracción del suspenso, la película se cae a pedazos. 21 gramos es una especie de Amores Perros pasada de coca, aquella funcionaba al borde la verosimilitud, haciendo piruetas al bordel del precipicio y porque sus idas y vueltas y el virtuosismo de la puesta en escena no era un obstáculo para la historia; en esta Iñarritu no atina a apretar el embrague o el freno de mano y la película se le va a los caños. Para que tengas una idea: agarrá Amores perros, sacale los perros, reemplazá los actores mexicanos por actores yanquis y cuando tengas la película terminada metela en una licuadora y licuá a velocidad máxima. Agarrá los pedacitos y pegalos con cinta scotch al azar, el resultado va a ser algo muy muy parecido a 21 gramos.

The 25th hour

USA, 2002, 135 minutos. Dirigida por Spike Lee, con Edward Norton, Phillip Seymour Hoffman y Anna Paquin. Puntaje: 3 de 10.

Es larga, es densa, es fallida; otra nueva película coral de Lee, otro nuevo homenaje a New York; actuaciones correctas, fotografía correcta, diálogos correctos. Ah, el argumento: las últimas 24 horas de un traficante antes de ir en cana. Son dos horas de relleno insípido y dos escenas que sugieren lo que la película podría haber sido. Una de ellas es el "rap" iracundo que el personaje de Norton escupe desde el espejo. La otra es ese paréntesis al final de la película, donde el personaje de Norton imagina otro futuro posible (me hizo acordar al paréntesis similar metido en el centro de La última tentación de Cristo). Conviene alquilar el DVD, mirar esas dos escenas y soñar con que Lee vuelva a filmar una obra maestra como Haz lo correcto.

Xtian, a las 14 de Junio de 2004 a las 3:06 AM | Enlace permanente | Comentarios (15) | TrackBack

Miércoles 9 de Junio de 2004

Los blogs personales y el problema del estilo

Hay una preocupación recurrente entre los bloggers que escriben blogs “personales”: el problema del “estilo”. Es decir, cómo imprimir una marca reconocible - y preferentemente invisible e inimitable – en lo que escribimos, de forma que el lector vuelva una y otra vez, en busca de ese “no se qué”, hipnotizado por el vaivén pendular y el sordo tic-tac de nuestra prosa. Algunos hasta sostienen que en la pulseada entre forma y contenido, la forma siempre gana. Aducen que un gran escritor es capaz de llevarnos de la mano en viajes de ensueño, aunque el tema – el contenido – sea aburrido o hasta repugnante. Yo soy uno de los integrantes de este culto, que reconoce como tótems a escritores como E. B. White, Sandra Russo, Truman Capote o H. L. Mencken, es decir, escritores a caballo entre el periodismo y la literatura, hijos bastardos de Montaigne que escriben sobre cualquier cosa, pero siempre con una obsesión febril por el estilo (esa obsesión es explícita en Capote, y alcanza y sobra con leer el prólogo de “Música para camaleones” para entender su magnitud).

Cada nuevo encuentro con un escritor de esta raza me produce dos efectos contrarios: la confirmación de que escribir - y leer – es una actividad trascendental (leo, luego existo) y que entre tenistas de ese calibre yo siempre jugaré al ping-pong. Y no es falsa modestia, y no es que ese segundo efecto sea desmoralizador o asfixiante; la ambición no tiene que ser el único motor que mueve esta carreta, a veces alcanza con la tracción a sangre.

En eso pensaba el otro día, sentado en una estación de trenes vacía, a las 5 de la mañana. Me mudo a Argentina en unas semanas, luego de 6 años de vivir en USA y desde el día que tomé la decisión – y que la sentí coagularse y volverse definitiva – vivo en un estado alterado, nebuloso y áspero. En esa estación vacía intenté organizar y explicar esa sensación extraña. ¿Es nostalgia por volver a Argentina? ¿Es alivio luego de tomar una decisión difícil pero que no podía seguir aplazando? ¿Es tristeza por dejar los Estados Unidos? ¿Es temor por lo que vendrá o por lo que se va? Y me di cuenta que es todo eso, pero que también es otra cosa. Y recién me di cuenta qué es esa otra cosa cuando, sentado en esa estación vacía, vi pasar a toda velocidad un tren a toda velocidad – ni siquiera pude descifrar de que línea era -. Esa otra cosa, esa cosa informe y pastosa que forma el centro de cómo me siento en estos días es la sensación de que me estoy despidiendo y que no sé cuántas de esas despedidas son definitivas.

Me explico un poco más: cuando uno se va, congrega a familiares y amigos en la estación de trenes, abraza y besa a todos, llora cataratas y se va, sacudiendo el pañuelito lleno de mocos desde la ventanilla. Por suerte existe ese ritual de clausura, ese The end o ese To be continued (que suena menos atroz), que amortigua el golpe. Pero en mi caso, no sé cuál va a ser la última vez que voy a comer un helado de Oreos and cream en la heladería de New Brunswick, cuál va a ser mi último viaje en subte en New York o cuándo la última vez que voy a ver las aguas barrosas del Raritan desde el colectivo que cruza el puente. Despedirse no es tan feo, lo feo es no saber cuándo te estás despidiendo y cuándo estás sólo diciendo hasta luego.

Todo este vaciamiento, esta diarrea de los sentidos, este amontonamiento de recuerdos en el espejito retrovisor empañado es una patada en los huevos en cámara lenta. Soy de los que necesitan el freezer lleno de comida que nunca voy a comer, la biblioteca llena de libros que nunca voy a leer, los ojos llenos de paisajes que nunca voy a volver a pisar y la garganta llena de ascos que nunca voy a terminar de escupir. Por todo eso escribo, supongo, porque a pesar de que soy incapaz de despedirme como corresponde, siempre me estoy yendo.

Juro que cuándo empecé a escribir tenía algo que decir respecto al estilo, cómo es imposible cultivarlo, cómo los grandes escritores tienen un estilo orgánico – inseparable del “contenido” – y otros dictámenes igual de graves y solemnes… pero también perdí ese tren y el próximo sale andá a saber a qué hora.

Xtian, a las 09 de Junio de 2004 a las 7:42 PM | Enlace permanente | Comentarios (16) | TrackBack

Viernes 4 de Junio de 2004

L.I.E. (2001)

Dirigida por Michael Cuesta. Con Paul Dano y Brian Cox. 97 minutos.

Hay películas que son imposibles de filmar. Una de ellas es la historia de la "amistad" entre un pederasta y un pendejo de 15 años, sin chicanas morales ni simplificaciones tranquilizadoras. Una película cuyo único objetivo sea observar la realidad vaciada de sentimentalismo y que sólo obedezca las leyes que impongan sus personajes.

Lo soprendente es que esa película existe y se llama L.I.E. (abreviatura de Long Island Expressway, la autopista que funciona como escenografía en muchas escenas del film). Brian Cox (el ex marine pederasta) me recordó todo el tiempo al Brando circa Último tango, no sólo por el parecido físico sino por la sutileza de su actuación.

El único defecto es ese final apresurado y torpe, como insertado de prepo. Esta película incómoda es quizás una de las mejores (y menos vistas) del 2001.

Y se debería haber llamado TRUTH.

Xtian, a las 04 de Junio de 2004 a las 3:00 AM | Enlace permanente | Comentarios (0) | TrackBack

Jueves 3 de Junio de 2004

Escupir

Una vez le preguntaron a Picasso que haría si lo metieran en prisión y le quitaran su pincel, su lápiz y sus témperas.

Picasso respondió: "Dibujaría con mi saliva en las paredes de la prisión".

Xtian, a las 03 de Junio de 2004 a las 2:59 AM | Enlace permanente | Comentarios (4) | TrackBack