Jueves 5 de Enero de 2006

Lecturas pendientes 2006

Update 15/1: en rojo los libros que ya terminé de leer. En verde los que estoy leyendo en este momento. En azul los que están en stand by.

Hay que aprovechar el entusiasmo que producen estos primeros días del año, ese frenesí por planificarlo todo. A continuación la lista de lo que pretendo leer este año. Predominan los clásicos, aunque mechados con lecturas mas lights y contemporáneas. Lo que esté originalmente escrito en inglés, lo leeré en inglés, lo demás, en sus traducciones castellanas. Sí, es una lista ambiciosa (surgida del horror que me causó recorrer listas de “clásicos obligatorios” y ver que sólo leí dos o tres) y caótica. Seguramente no cumpliré con el plan, pero siempre tengo tiempo de embarrar mis intenciones más adelante. Si algún lector considera que me salteé algo fundamental, peguen el grito. Si alguno de estos libros, les pareció un bodrio, ídem.

1. In cold blood, Truman Capote: Capote se esconde en un narrador omnisciente para salirse del paso y lograr que la historia fluya sin obstáculos hacia el lector. Los ingredientes: la naturaleza y sus objetos (y las personas), las pasiones, los enigmas. El enganche viene de varios lados: la caricia de la narración, la empatía que sentimos por los personajes, la maravilla frente al talento casi sobrenatural de Capote. Eso sí, el final es raramente fallido y desinflado y a los porrazos. Imprescindible.
2. La loca de la casa, Rosa Montero: Casi un libro “miscelánea”. Montero cuenta anécdotas de intelectuales (Goethe, Tolstoi, etc), historias de su propia vida e intenta ensayos livianitos sobre el tema de la escritura y la locura. El resultado final es desparejo y tímido (lo mejor: el capítulo que compara la obra con una ballena, el que habla de los escritores del holocausto, el que intenta una clasificación sobre los escritores; lo peor: el capítulo eje que repite la misma historia contada de distintas maneras).
3. El astillero, Juan Carlos Onetti: Un escritor enorme que no se parece a nada. Onetti describe lugares, personas y climas como si fueran lo mismo, como si todos estuviéramos alentados por un panteísmo lentamente entrópico. Y su escritura (sus palabras) logran esa magia insólita, convertir el tatetí de todos los días en una cosmogonía que explica y no explica, pero que nos describe a todos. Onetti es de esos escritores que parece abrirte un nuevo sentido en la cabeza, más allá de los cinco sentidos tradicionales, o una combinación de todos. Onetti es de esos escritores con total dominio de sus palabras y sus visiones.
4. Pride and prejudice, Jane Austen: Leí los diez primeros capítulos y lo dejé, aunque seguramente lo retomaré más tarde. Andá a saber por qué, pero no es el tipo de libro que quiero leer en el verano. Esperame Juana, que ya se me vendrá el invierno.
5. Arquetipos e inconciente colectivo, Carl Gustav Jung: Leí más de la mitad y stop. Confuso, complicado, complejo. No puedo decir que sea fruta, porque lo que logro hilvanar es muy poco. O me están mandando fruta o eso es lo que me llega. Este queda en estado de suspensión permanente porque en vez de disfrute me parece un plomazo. A los Junguianos fanáticos: sí, algunas de sus ideas más básicas suenan verdaderas, pero el resto parece forzado o fumado. Intentaré quizás con “El hombre y sus símbolos”, una especie de manual junguiano para principiantes.
6. Romeo y Julieta, William Shakespeare: la edición bilingüe de editorial Cátedra es excelente para los que saben inglés. Leer el libro sólo en inglés es arduo, especialmente porque incluye demasiados registros (versos pareados o soneteados, criados, sirvientes, etcétera). Me llevó bastante leerlo, porque leía en inglés, luego las notas, luego la traducción al castellano y de nuevo el inglés. Pero valió la pena. No es, según dicen, la obra maestra de Shakespeare, quizás sí la más popular. Me tomaré un recreo y luego pasaré a Otelo, Hamlet, Macbeth y El rey Lear.
7. Espantapájaros, Oliverio Girondo
8. Great expectations, Charles Dickens
9. The catcher in the rye, J.D. Salinger
10. Huckleberry Finn, Mark Twain

11. Madame Bovary, Gustave Flaubert
12. Moby Dick, Herman Melville
13. Lolita, Vladimir Nabokov
14. Ulysses, James Joyce (o Dubliners)
15. Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar
16. The year of magical thinking, Joan Didion
17. The corrections, Jonathan Franzen
18. The budha of suburbia, Hanif Kureishi
19. A long way down, Nick Hornby
20. On the road, Jack Kerouac
21. Walden, Henry Thoreau
22. La metamorfosis, Franz Kafka (o El proceso)
23. Los invertebrables, Oliverio Coelho
24. La asesina de Lady Di, Alejandro Lopez
25. Farewell to arms, Ernest Hemingway (o The old man and the sea)
26. The pearl, John Steinbeck
27. The sound and the fury, William Faulkner
28. El mito de Sisifo, Albert Camus
29. California, Enrique Mendicutti
30. Atonement, Ian McEwan
31. El aleph, Jorge Luis Borges
32. Tadeys, Lamborghini
33. Remains of the day, Kashuo Ishiguro
34. Respiracion artificial, Ricardo Piglia
35. El limonero real, Juan Jose Saer
36. La vida entera, Juan Martini
37. Mrs Dalloway, Virginia Wolf
38. El año del desierto, Pedro Mairal
39. Beloved, Toni Morrison
40. Drown, Junot Diaz
41. Vida de vivos, Maria Moreno
42. Where I am calling from, Raymond Carver
43. The heart of darkness, Joseph Conrad
44. El dock, Matilde Sanchez
45. Por el camino de Swann, Marcel Proust
46. Changing places, David Lodge
47. Mañana en la batalla piensa en mi, Javier Marias (o Corazón tan blanco)
48. El origen de la tragedia, Nietzsche
49. Cronica de una muerte anunciada, Gabriel Garcia Marquez
50. Kincon, Miguel Briante
51. El libro de desasosiego, Fernando Pesoa
52. Crimen y castigo, Fiador Dostoievsky
53. Guerra y paz, Leon Tolstoi (o Anna Karerina)
54. The great Gatsby, Scott Fitzgerald
55. Plataforma, Houllebecq (o Las particulas elementales)
56. Yo era una chica moderna, Cesar Aira
57. Almas muertas, Gogol
58. Pedro Paramo, Juan Rulfo
59. Rojo y negro, Stendhal
60. Lady Chatterley’s lover, DH Lawrence
61. Una excursión a los indios ranqueles, Lucio V. Mansilla
62. Facundo, Sarmiento
63. La novela luminosa, Mario Levrero
64. Midnight children, Salman Rushdie
65. Hamlet, William Shakespeare
66. Close Range, Wyoming Stories, Annie Proulx (que incluye el cuento Brokeback Mountain)
67. Intimacy, Hanif Kureishi

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Lunes 23 de Mayo de 2005

Criticus interruptus

Soy un lector voraz y promiscuo. Y de aliento corto, al menos últimamente. Voy a todos lados con una mochila en la que cargo 3 libros, por lo menos. Compro libros en tamaño pocket para que quepan en el bolsillo del jean o del buzo, y así poder tener algo encima cuando no estoy con la mochila en la espalda. Leo en el baño, en los cafés, en el subte y en la cama antes de dormir. A veces leo mientras camino o mientras subo las escaleras mecánicas. Leo novelas, cuentos, ensayos, diarios y revistas, weblogs.

Lamentablemente, rara vez termino lo que empiezo a leer. Si el libro tiene más de 100 páginas es muy probable que me quede en el camino. Estoy seguro que no es un problema del escritor, sino mío: tengo severos problemas de atención y una personalidad compulsiva. Pero hoy decidí que eso no debería impedirme opinar sobre las 10, 15 o 100 páginas de los libros que empecé a leer y nunca terminé. Acá van las críticas interruptus de lo que cayó en mis manos en el último año:

1. La dama del perrito y otros cuentos, de Anton Chejov. Leí solo "La dama del perrito". Mucha gente que escribió obras maestras (Cortázar) opinaban que Chejov fue uno de los cuentistas fundamentales. También leí en la internet que este cuento en particular es una maravilla. Para mí fue una fetita de queso de máquina, es decir, cuadrado y con muy poco sabor.


2. Historia del siglo XX, de Eric Hobsbawm. Leí el primer capítulo. Muy bien escrito, seguramente un libro fascinante, pero yo soy de los que no saben que significa "Prusia" y no tiene ganas de frenar cada dos párrafos para ir a consultar el diccionario. Tendré que empezar con algo más a mi nivel: o sea, algún librito de historia del secundario.

3. Essays of E.B. White, de E.B. White. Leí 4 o 5 ensayos y todos son maravillosos. White fue uno de los ensayistas fundamentales yanquis del siglo XX. Si existiera la justicia literaria tendría que ser tan estudiado y admirado como Hemingway o Fitzgerald, pero no lo es, quizás porque escribió mayormente para revistas (como el New Yorker). Su ensayo "The sea and the wind that blows" es uno de los textos más bellos que leí.

4. Cuentos completos, de Abelardo Castillo. Leí los 8 primeros cuentos de "Las otras puertas" y me alcanzó para decidir que Castillo es uno de los escritores argentinos clásicos. "El marica" es un cuento perfecto y "Also sprach el señor Nuñez" una delicia.

5. Mitologías, de Roland Barthes. Leí el ensayo "Un obrero simpático" y no me dijo nada. Leí "Cocina ornamental" y me gustó mucho.

6. El fuego más alto, de Marcelo Birmajer. Leí los 6 primeros cuentos del libro. Me encantó "La última familia feliz". "El fuego más alto" y "La espera religiosa" me parecieron excelentes ideas que no cristalizaron en la página. Los otros 3 cuentos ni fu ni fa.

7. Against interpretation and other essays, de Susan Sontag. El ensayo "Contra la interpretación" debería ser obligatorio.

8. Nadar de noche, de Juan Forn. El cuento "Nadar de noche" es uno de mis cuentos favoritos en castellano. Después de leerlo decidí empezar por el primer cuento y leí "El karma de ciertas chicas". Me gustó, pero no mucho, y dejé de leer.

9. Sin and syntax, how to create wickedly effective prose, de Constance Hale. La editora de Wired te enseña cómo escribir prosa endiabladamente efectiva. Muy ágil de leer y con excelentes ejemplos de prosa cool y filosa. Todo muy bien, pero ninguno de estos consejos me ayudó a ser más cool o filoso. Leí hasta la mitad.

10. Memorias de mis putas tristes, de Gabriel García Marquez. Me llevo mal con Gabo. No pude pasar de la tercera página de Cien años, y eso que lo intenté. Acá terminé el primer capítulo y puedo decir que hasta me gustó. El narrador (un viejo) dice "sardineles" y "filipichín" y las oraciones se leen fácil, como si resbalaran. No sé por que no seguí leyendo.

11. Plataforma, de Michel Houellebcq. Leí la primera parte (hasta la página 122). Se lee fácil y se entiende por qué Michel se ha vuelto tan famoso tan rápido. El problema es que soy un romántico asqueroso y un optimista culposo y ese narrador desencantado y que vive y escribe en piloto automático me resulta insoportable. Estoy más cerca de Poldy Bird que de Houllebecq y es hora que lo asuma.

12. Los mitos de la historia argentina, de Felipe Pigna. Lectura amena y progre, aunque ya debería haber aprendido a no comprar libros que anuncian en la tapa que se vendieron 1 millón de ejemplares o que la quincuagésima edición se agotó en una semana. Seguramente terminaré leyendo entero, aunque dudo que llegue a creerme del todo un libro que sugiere que Mariano Moreno fue el primer desaparecido y que habla de "décadas infames" en la Argentina colonial, como si compartieran nucleótidos con la de 1930.

13. Miedo y asco en Las Vegas, de Hunter S. Thompson. El libro fue una novedad en su momento. Seguro que esa es su mayor virtud y su principal defecto. A mí las drogas me aburren. Y la literatura drogona y reventona me aburre el doble. Capaz que lo leo entero igual, porque es cortito.

14. Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Marquez. La primera oración es excelente: "El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo." El primer capítulo es muy bueno. Lo abandoné igual, andá a saber por qué.

15. Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Leí el primer capítulo pero en ese momento necesitaba algo que pudiera leer en el subte y Flaubert no, no y no. Próxima estación: Fontanarrosa.

16. Usted no me lo va a creer y otros cuentos, de Roberto Fontanarrosa. Leí cuatro cuentos. Excelente literatura de humor. Mucho barrio, mucho olor a sobaco, mucha inteligencia. O sea, me aburrí.

17. Viene a cuento (los diez relatos premiados en el Concurso "Viene a cuento"). El cuento ganador, de Gustavo Nielsen, es una joyita. Los dos cuentos de Sandra Russo están muy bien (aunque me gustó más el que ganó una mención que el que ganó segundo premio).

18. How to be alone, de Jonathan Franzen. Dicen que su novela "The corrections" es una de las mejores novelas yanquis de los últimos 20 años. Y dicen que Franzen es uno de los intelectuales americanos fundamentales. Las dos cosas se notan en los ensayos de este libro. Los leí casi todos (creo que me quedaron tres sin leer). Los fundamentales: "My father´s brain" y "Why bother?". Está en castellano.

19. El placer del texto y Lección inaugural, de Roland Barthes. ¿Por qué me empecino tanto con Barthes? Porque me dan muchas ganas de leerlo cuando alguien lo cita. Leerlo es otra cosa: es arduo.

20. Forgetting Elena, de Edmund White. Es de esas prosas lentas y rococó que seducen mientras la leés, pero que cuando tenés que retomar la lectura te exige un esfuerzo especial: volver un par de páginas atrás para volver a crear el clima necesario. Mi horno no está para esos bollos de cocción lenta.

21. La enfermedad y sus metáforas, de Susan Sontag. Hay que estar de un humor especial para leer un libro cuyo tema central es la tuberculosis y la enfermedad. Yo estoy de un humor especial, pero no de ése y me di cuenta al terminar el primer capítulo.

22. Incesto (Diario no expurgado 1932-1934), de Anais Nin. Y tampoco estoy de humor para leer el diario de una francesa incestuosa en 1932.

23. Un año sin amor, de Pablo Pérez. Y tampoco estoy de humor para leer el diario de un gay enfermo de SIDA en 1996 en el que no pasa nada de nada. Igual el libro sigue en el baño al lado del inodoro y cada tanto leo alguna entrada.

24. The book of the penis, de Maggie Paley. Un libro de 250 páginas sobre el pene. Sin fotos. Leí el prólogo y los agradecimientos.

25. Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé. Lo que decía de lectura compulsiva. Fui a un restaurant a comer al mediodía, estaba solo y el restaurant estaba vacío. No me animé a pedir una hoja y una birome para escribir y así entretenerme. Pedí la comida, salí a la vereda y compré este libro en un kiosco de revistas. Leí el primer capítulo (me gustó mucho). Llegó la suprema suiza. Nunca más lo retomé.

26. Conductores suicidas, de Alejo García Valdearena. Un libro hecho ENTERAMENTE de diálogo. No hay descripciones, no hay narración, no hay nada que no sea diálogo llano (ni siquiera tiene el típico "- dijo Marcelo"). La pregunta es: ¿se puede narrar así, sin ningún otro dispositivo que no sea la transcripción del habla? Parece que sí, porque Valdearena lo hace. Y lo hace muy bien: su oído es perfecto. El problema es que el hilo argumental es mínimo. Igual la virtuosidad en la "transcripción" del habla cotidiana de los personajes hizo que leyera 150 de las 253 páginas que tiene el libro.

27. A user´s guide to the millenium, de J.G. Ballard. Me encantan estoy ensayos de Ballard. El tipo es inteligente y cáustico y los temas son variados. Como no dejarse subyugar por alguien que dispara: "Brando y Mae West subieron al estrellato proyectando una carnalidad poderosa y desganada raramente vista antes, aunque Brando tenía la ventaja de tener los pechos más grandes". El problema es que no todos los temas que le interesan a Ballard me interesan a mí, y una vez que empecé a leer salteado supe que me iban a quedar ensayos sin leer.

28. Visions of Cody, de Jack Kerouac. Chorros y chorros de texto, palabras palabras palabraspalabras. Con estos azulejitos Kerouac construyó On the road. ¿Pero si no pude leer "En el camino" por qué se me ocurrió que podría pasar de la tercera página de este libro, que es su versión caleidoscópica y estallada en pedazos?

29. El evangelio según Van Hutten, de Abelardo Castillo. Venía en versión de bolsillo y me tenté. Salía 15 pesos. Lo acabo de abrir y el señalador está clavado en la página 37, al comienzo del capítulo 4. Lo voy a dejar ahí, quién te dice.

30. El cine según Hitchcock, de Francois Truffaut. Otro libro de bolsillo, otro que sé que voy a terminar, otro que puede quedar al lado del inodoro y ser abierto en cualquier página sabiendo que va a aportar algo interesante. Lo que quiero es ver más películas del gordo antes de seguir leyendo.

31. The white album, de Joan Didion. Es imposible no leer el ensayo "The white album" y no sentir que se trata de un texto fundamental. Didion logró transmitir como muy pocos otros las sensaciones que se vivían en USA a fines de los 60s. El problema es que al lado de esta maravilla los otros ensayos parecen relleno.

32. Flores de un solo día, de Anna Kazumi Stahl. El primer capítulo de este libro me empujó a un insomnio de 3 horas. Creo que fue por la potencia sensorial de la prosa de Anna, que acaricia todos los sentidos por igual. También es extraño ver como prosa que parece "mal escrita" alcanza tal nivel de efectividad. Y también es extraño el impacto que ese capítulo tuvo en mí, ya que se trata de una prosa que usualmente detestaría: llena de descripciones minuciosas, con un ritmo bien pausado, donde la acción parece replegarse para dar paso al protagonismo de una atmósfera. Volveré a este libro, pero cuando tenga los sentidos más despiertos de lo que los tengo ahora.

33. Blogging, genius strategies for instant web content, de Biz Stone. Demasiado básico, demasiado vendedor, demasiado aburrido. No duré ni tres páginas.

34. La guerra moderna, de Martín Caparrós. Creo que se llama "Nuevo periodismo": prosa cuidada y "literaria", el periodista embarrándose las manos, la ficción y la realidad licuadas y servidas on the rocks. El capítulo sobre prostitución infantil en Ceylán no me convenció. El del asesinato de un cantante de música tropical sí. El relato de la visita al museo del holocausto en Washington me pareció irrelevante. De todas maneras, Caparrós se mete donde nadie se mete, y eso siempre lo deja fuera del alcance del 99% de los demás.

35. Historias de hombres casados, de Marcelo Birmajer. El primer cuento, "El cuadro", es una maravilla. Está claro que Birmajer es un escritor nato (aunque su prosa siempre me parezca al borde de la torpeza). El segundo cuento, por comparación, me dejó con hambre y dejé de leer. El otro problema con Birmajer es el de Joaquín Sabina: está parado en el borde resbaladizo de la baba por las minas y la misoginia. Esto no tiene que ser bueno ni malo, pero aviso, por las dudas.

36. Gig, Americans talk about their jobs. Un proyecto interesante: un grupo de estudiosos le hizo "reportajes" a empleados de distintos laburos. Está el cantante, el stripper, el diputado, el agente del FBI, el que atiende la estación de servicio. Este libro compila esos testimonios, en formato de relatos en primera persona. La maryoría son fascinantes, otros son aburridos. Habría que hacer esto mismo en Argentina. A ver quién se anima.

37. Creía que mi padre era Dios, relatos verídicos de la vida americana compilados por Paul Auster. Otro libro en primera persona. La "gente común" contando cosas que les pasaron. La única verdad es la realidad, y esa verdad puede ser también ficción.

38. A Mencken chrestomathy, de H.L. Mencken. Mencken fue un periodista yanqui que escribió entre 1910 y 1950. Tenía una prosa incendiaria: no hay una sola página que haya escrito que no tenga el potencial del irritar al 90% de los que lo leen. Extrañamente, no fue linchado, sino que se lo considera el periodista fundamental de su generación. Leerlo es siempre un placer. Si no lo leí completo fue por dos razones: por la tentación de leer salteado y porque mi conocimiento de los Estados Unidos de los 10s a los 50s deja mucho que desear.

39. Soñar y contar, de Hanif Kureishi. Leí la tercera parte, "Escribir". Muy bueno: su prosa fluida nunca decae. Pero los otros temas que toca no me fascinaron, así que probé con su novela más conocida.

40. El buda de los suburbios, de Hanif Kureishi. Me gustó mucho el primer capítulo. Ahí se me ocurrió que debería leerlo en inglés, y lo dejé.

41. The blind watchmaker, Richard Dawkins. Un excelente libro defendiendo el darwinismo. Didáctico, fascinante y excelentemente argumentado. Me quedó por leer el último capítulo porque me estaba mudando a Argentina.

42. United states, essays 1952 - 1992, de Gore Vidal. Me encanta Gore Vidal. Este libro ganó el National Book Award y se lo merece. Leerlo siempre es estimulante. No lo terminé por varias razones. La principal: tiene 1300 páginas. Las secundarias: a. no todos los temas que trata me interesan (la política yanqui, por ejemplo) y b. en algunos temas estoy pintado (¿qué sentido tiene leer el ensayo "William Dean Howells" si no sé ni quién es?)

43. La tierra elegida, de Juan Forn. Leí varios de estos ensayos y me gustan mucho. Forn es de esos tipos (el otro es Fresán) que funcionan como brújulas estéticas. Sentís, cuando hablan de algo, que deberías comprarte ese disco o ese libro, y estás casi seguro de que te van a gustar. Ambos me parecen mejores como timoneles del buen gusto que como novelistas o cuentistas, pero quién soy yo al fin y al cabo para opinar.

44. Ética posmoderna, de Zygmunt Bauman. Cómo me cuesta leer prosa académica. "La mónada solitaria, cerrada herméticamente, queda abandonada entre la multitud de aquellos que se encuentran cerca aunque infinitamente alejados y enajenados sin remedio, y quienes en cada interrelación buscan tan sólo una oportunidad de nutrir su identidad...". Al leer esto siento lo mismo que cuando me mudé a Estados Unidos: mi cerebro cruje al triturar esas frases e intentar traducirlas a un lenguaje comestible. Otro libro "obligatorio" que seguramente nunca leeré. Tendré que esperar a que hagan la película.

45. Libro del desasosiego, Fernando Pesoa como Bernardo Soares. Hm, sí, quizás sí me guste. Por ahora siento que me lo recomendaron con tanta efusividad que fue una desilusión comprobar que no, no me hice pis encima. Me compraré pañales y volveré a intentar.

46. Cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont. Sí, es buenísimo. Sí, es inspirador. Sí, es fundamental. Pero es de esos libros que sentís que pierden fuerza luego de la página 30, a fuerza de repetición. No debería decir estas burradas respecto a estos clásicos fundamentales, pero confío en que casi nadie esté leyendo esta entrada 46.

47. The elements of style, de William Strunk Jr. y E.B. White. El librito ultra fundamental de cualquier persona que escriba en inglés. Tiene 100 páginas y alcanza y sobra. Ojalá existiera algo parecido en castellano. Ojalá alguna vez exista.

48. De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver. Carver no la pifia nunca. Cualquiera de estos cuentitos de 3 páginas contiene algo formidable o arrollador. El problema es que tengo que consumirlos en pequeñas dosis: el universo de Carver es brutal y yo soy un alma sensible. Aparte prefiero leerlo en inglés.

49. Paradiso, de José Lezama Lima. Debo ser uno de los cientos que se compró este libro porque a Cortázar se le caía la baba. Es más, se lo recomendé a un amigo que me confirmó que el libro es impresionante. Yo me quedé trabado en los arabescos ultra barrocos de las 15 primeras páginas. Lo leo en mi próxima reencarnación.

50. Essays, George Orwell. Si te gustan los ensayos, leé este libro. Si no te gustan los ensayos, leé este libro así podés quedarte tranquilo sabiendo que los ensayos no son para vos. Orwell es tan bueno que lo puedo leer aunque no tenga interés en los temas que toca. Si no lo terminé es porque tiene 1350 páginas y yo tengo una sola vida.

Y corto acá, no porque se haya acabado la lista, sino porque son las 2.24am y 50 es un lindo número.

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Lunes 9 de Mayo de 2005

Breve historia de los argentinos, de Felix Luna

Yo soy de los que creen que uno debería recibir un "refuerzo" del secundario a los 30 años, como si se tratara de la vacuna antitetánica. Y por eso decidí tomar el toro por las astas e iniciar mi propio plan de vacunación: no me acuerdo nada de geografía o historia, por ejemplo, y es una verguenza. Me da pavor volverme súbitamente famoso y que, luego de la oleada de paparazis, aparezcan los que te preguntan que opinás de los conflictos en Birmania o mis hipótesis acerca de la eterna debacle argentina.

Por eso me puse a buscar un libro sobre historia argentina, para refrescar mis conocimientos adormecidos. Tenía que cumplir con tres condiciones: abarcar toda la historia argentina (por lo menos desde 1810), ser breve y ser un libro de "divulgación", o sea, no académico.

Por 15 pesos compré "Breve historia de los argentinos", de Felix Luna. Es una edición de bolsillo, ideal para leer en el subte. Luna es de esos historiadores mediáticos que generan dos tipos de reacción: indiferencia o irritación. No creo que tenga fanáticos. Ya hubo varios que se me vinieron encima: "¿cómo vas a leer semejante porquería?", "es super anti peronista", "qué ganas de perder el tiempo...".

Lo cierto es que el librito cumplió con sus objetivos. Es breve, es de divulgación y recorre toda la historia argentina hasta la revolución libertadora (1955). Se trata de un cititour de la historia, un toco y me voy, un coitus interruptus, pero eso era precisamente lo que estaba buscando.

Luna escribe como si te hablara, y no es un conversador fascinante, pero tampoco te duerme. A veces su redacción es de cartulina (dice "levantamiento tumultuorio" y perlitas retóricas de ese tipo). Y sus pretensiones de "objetividad" le juegan en contra: lavando al texto de pasión y colores.

En fin, son 15 mangos y se lee en 5 horas. Si, como yo, no te acordás si Lavalle fusiló a Dorrego o fue al revés, te puede servir. Pero si sos un poco más erudito, te vas a aburrir o te vas a irritar.

Ahora que lo terminé, varios me recomendaron que lea "Breve historia de la Argentina", de José Luis Romero, pero decidí explorar otras cosas.

Me compré, "Un país de novela", de Marcos Aguinis e "Historia del siglo XX" de Eric Hobsbawm. También tengo los dos "Argentinos", de Lanata y tengo ganas de echarle una mirada a "Mitos de la historia argentina", de Felipe Pigna. Aunque Lanata, Aguinis y Pigna me generan desconfianza con su empeño desaforado por encontrar el ADN o la piedra filosofal que explique todos los problemas argentinos por los siglos de los siglos amén.

¿Quién la encuentra, quién la trae, la pieza fundamental? - cantaba el Pato Carret. ¿No será hora de dejar atrás esas preguntas tan medievales y encarar, desnudos y cagándonos de frío, el futuro que se nos viene encima?

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Miércoles 15 de Septiembre de 2004

A la cama con Anne y Barbara

Y sí, tuve un trío con dos chicas. Quería probar, me daba curiosidad, y como decía Oscar Wilde, puedo resistir cualquier cosa menos una tentación. Durante las últimas tres semanas me metí en la cama todas las noches con Anne Fadiman y Barbara Ehrenreich y lo bien que la pasé.

El librito (150 páginas de letra grande y espaciada) de Anne Fadiman se llama ¨Ex libris, Confessions of a common reader¨ y consiste de 18 ensayos sobre... libros. Son ensayos condimentados con anécdotas pesonales e históricas, llenos de humor y emoción. Algunos temas: como se mezclan las bibliotecas cuando uno se casa con otro bibliófilo, las palabras largas y raras, el estante de libros raros, los poemas ridículos de juventud, las dedicatorias en las solapas, la compulsión de leer catálogos, la lectura en voz alta. Fadiman escribe tan pero tan bien, lo que dice es tan sensato, íntimo y simpático (es de esos libros que te generan ganas de conocer a su autor, de tomarte una cerveza o comerte una pizza con Doña Fadiman) que es imposible dejar el libro una vez que se empieza. Y encima los ensayos son de 6 o 7 páginas, lo que los convierte en lectura ideal para el subte o el colectivo.
Recomiendo leerlo en inglés si tu inglés es muy bueno (aunque la prosa de Anne es grácil y ondulante, no es un libro pensado para audiencias masivas). También existe una edición en castellano, de Editorial Alba. Acá hay un fragmento de uno de los ensayos, en inglés.
Barbara Ehrenreich es una conocida periodista norteamericana. Hace un par de años cometió la imprudencia de preguntarse en voz alta, frente al editor de Harper´s, cómo era posible que un importante porcentaje de gente en USA sobreviviera con sueldos de 6 dólares por hora. El editor le sugirió que lo investigara... metiéndose en la piel de una de esas personas. El libro relata la experiencia de Barbara en tres trabajos anodinos y muy mal pagos: moza en Florida, mucama en Maine y vendedora de Walmart en Minnesota. Nickel and dimed es una combinación perfecta de anécdotas, humor, ironía, investigación y sensibilidad.
Para saborear la prosa filosa de Ehrenreich, recomiendo leer su ensayo Welcome to cancerland (en inglés), sobre su experiencia cuando le diagnosticaron cancer de mamas. También tiene un blog (todavía bastante pelado) en el que continúa con el trabajo de investigación de Nickel and dimed. Algunos de sus artículos traducidos al español aparecen acá. Parece que Nickel and dimed fue traducido al castellano por Carmen Aguilar para la editorial RBA con el título Por cuatro duros.
Dos libros concisos, excelentemente escritos por dos mujeres que adivino fascinantes. Me voy a dormir, que desde la cama me espera Joan Didion.

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Miércoles 5 de Mayo de 2004

Inteligencia

Como con otros tipos de inteligencia, esta es en parte natural y en parte aprendida. Está compuesta de varias cualidades, muchas de las cuales se juzgan como signos de inmadurez o falta de educación en gente normal: ingenio (una tendencia a hacer conexiones irreverentes); obstinación y una tendencia hacia lo indómito (una negativa a creer lo que toda la gente sensata sabe que es verdad); inmadurez (una falta de concentración mental y propósito serio en la vida, un gusto por soñar despierto y mentir sin sentido, falta de ubicación, malicia, y una propensión a quejarse por trivialidades); una marcada tendencia hacia las fijaciones orales o anales o ambas (la oral manifestada a través de excesos con la comida, la bebida, el cigarrillo y la charlatanería; la anal a través de una nerviosa pulcritud y prolijidad acompañada de una curiosa fascinación por los chistes verdes); poderes extraordinarios de memoria fotográfica (una característica común en la adolescencia o en el retraso mental); una extraña mezcla de despreocupación lúdica y seriedad incómoda, esta última muchas veces acentuada por opiniones irracionalmente fuertes a favor o en contra de la religión; la paciencia de un gato; la astucia de un criminal; inestabilidad emocional; temeridad, espontaneidad e improvidencia; y finalmente, una inexplicable e incurable adicción a las historias, escritas u orales, buenas o malas.

John Gardner, extraido del libro "On becoming a novelist", refiriéndose a la inteligencia necesaria para convertirse en un buen contador de historias (o novelista, o blogger).

((La traducción, torpísima, es mía))

Xtian, a las 4:14 AM | Enlace permanente | Comentarios (6) | TrackBack